DE ESTACIÓN.Siempre asociado a lo mortuorio, el invierno es sin embargo un período de pasiones y melancolías para las relaciones amorosas. Como en el libro “Amores de invierno” de Alonso Cueto. Mitos, novelas y reflexiones filosóficas se han tejido en torno de esta locuraEl invierno comenzó en la mitología como una historia de amor y fallecimiento. Perséfone, la hija de Démeter –la diosa de la vida, la agricultura y la fertilidad–, fue secuestrada por Hades, el dios de la muerte y padre de los infiernos. Démeter enloqueció buscando a su vástaga y descuidó sus naturales deberes, por lo que la Tierra se fue helando, dando a luz al primer invierno. Perséfone logró regresar a la Tierra, sin embargo, había probado a instancias de Hades unas semillas de granada y su muerte estaba echada. Todo el que prueba el alimento de la agonía se condena a ella. Pero Démeter hizo un trato: Perséfone sería la esposa incondicional de Hades durante un tercio de año –el invierno–, y regresaría con su familia los meses restantes; guardándole fidelidad en la vida a su compañero de la muerte. Los misterios eleusinos celebran ese casamiento, esas semillas de invierno, que simbolizan el enlace entre Eros y Tánatos.Cuando el vapor de la neblina te suscita mejor luna llena que el aroma de las flores, es que está a punto de acaecerte uno de esos que llaman “amores de invierno”, que incluso han sido explorados por el escritor peruano Alonso Cueto en un libro de cuentos reeditado.Desde siempre el invierno ha suscitado fascinaciones, dudas, miedos y diatribas. O todas las anteriores: “En la niebla no sabes quién te ama, quién te odia, quién te escupe” (Cesáreo Martínez). Pese a sus detractores, es la mejor estación para amar con arrojo. ELOGIO DE TU FRÍO
Si las estaciones fueran una telenovela, el invierno sería el villano carismático, de esos que le roban el ’show’ al exhibicionista verano, a la fresa primavera y al galán otoñal. El invierno tiene calores que el verano no tiene. En primer lugar, el rostro cambia: existen facciones amorosas propiamente invernales. En su libro “Huerto cerrado”, Alfredo Bryce Echenique describe al extraviadamente romántico protagonista de todos sus cuentos: “El rostro de Manolo era triste y sombrío como un malecón en invierno”. Porque la cara de amante en esta estación tiene lo que José María Eguren sugería: “Parece que sollozan / A la voz de invierno”.Lo primero entonces es una apariencia apesadumbrada. Un engañoso exterior que, sin embargo, esconde una posibilidad maravillosa: En invierno es más fuerte el sentimiento de soledad compartida, solidaria, paralela, de dos silencios que conversan: los amantes que sienten lo que Bryce ha llamado la “soledad auténticamente saboreada”. La trascendencia de la soledad. Pero el hielo también quema y la niebla podrá tapar el sol con un dedo, pero el sol siempre estará allí. (El misterio es la principal atracción con la que cuenta el amor en invierno). Y es que en verano las pasiones son una conjura, en invierno un conjuro; como diría Erich Fromm: “Es un ‘estar continuado’, no un ’súbito arranque’”. O como diría Ortega y Gasset: “No es un golpe único, sino una corriente”. Una brillante cronista escribió hace un tiempo: “No es cierto que la estación espante el amor. Yo cambio mil veranos por una noche de invierno: nada como dormir enlazada a mi cómplice y despertar en la misma posición. En verano las caricias son ráfagas, en invierno prolongadas permanencias”. En verano se es siempre adolescente, en invierno explota la maduración y la sabiduría. Según clasificaciones marketeras: para amar, en primavera se es niño, en otoño viejo, en invierno: “adulto joven”. Nadie lo ha expresado mejor que Pedro Zarraluki en “Para amantes y ladrones”: “Cuando se es joven se idolatra a las mujeres, y eso lo complica todo. Idolatrar a una mujer es como dejarla atada a un poste e irse a ver el mundo con sus bragas en la alforja. A mi edad ya no se le hace esa putada a una mujer. A mi edad uno solo venera a las mujeres”. Idolatrar o venerar. Las pasiones son distintas. Siguiendo la clasificación de Stendhal en “Del amor”, con el calor intenso es más fácil amar como Don Juan: “Su amor-pasión puede compararse con un camino singular, escarpado e incómodo que principia, en verdad, entre bosquecillos encantadores, pero que enseguida se pierde entre rocas cortadas a pico”. Con la bruma, la lluvia y el mar helando todo conduce a amar como Werther, con “el sentimiento de un colegial que compone una tragedia”. (No en vano es la estación en la que las tasas de suicidio crecen). Sin embargo, lo que realmente diferencia el apasionamiento entre las estaciones es que en invierno gobierna una anarquista: la melancolía. Pero no es la azul del otoño: más cercana a la tristeza, la nostalgia, lo patético. Sino una melancolía roja, más afín a como la ha definido Leopoldo Chiappo en “Psicología del amor”: “Fecunda en efectos inesperados”. Porque en otoño la melancolía se asila, reniega o se vuelve ecologista, caviar, bombera; en invierno es revolucionaria, se compromete y sale a cazar fascistas. Existen, además, las mujeres de invierno de acuerdo con una melancolía particular, como lo dice el filósofo Sören Kierkegaard en “El amor y la religión”: “Hay una melancolía que es una crisis para los poetas, los artistas y los pensadores, y que para la mujer puede ser una crisis erótica”. (En la cosmogonía china el invierno es yin: femenino; y las mujeres son el sexo fuerte).
SOBREVIVENCIA Y SALVACIÓN
Pasando a la literatura, el sentimiento propio de esta estación no ha sido nunca mejor tratado como en los cuentos de Anton Chéjov, donde constantemente “olía a invierno”. El amor para Chéjov es un sol invernal. Provoca la huida: “Hay algo en ella que inspira lástima” (“La dama del perrito”). Pero también el regreso y la redención: “¿Cómo liberarse, en efecto, de tan insoportables tormentos? Y les parecía que, pasado algún tiempo, la solución podría encontrarse, y empezaría entonces una relación maravillosa”. Y es que también la reconciliación viene mejor en una época de frío abrazador. No hay además amor sin caminatas y conversaciones; y con el sol empecinado no se pueden brindar. En verano se suda animalmente el cariño, en primavera se cortan infantilmente las orquídeas hasta de las cortinas, en otoño son amores cavilantes, de hojarasca. En invierno hay un justo medio: los amores son lentos, pero no cansados; reflexivos, pero sin vedarse el desespero. Se puede estar como Bécquer “esperando la mano de nieve” y se puede helar cerebro como la protagonista de “Noches Blancas de Dostoievsky”: “Yo solo lo quiero a él, pero esto pasará, tiene que pasar. Es imposible que no pase…”. Reflexión y pasión a la vez. Solo en invierno se piensan cosas así. En verano no hay tiempo para pensar, en otoño se piensa demasiado. En verano todos podemos vivir constantemente el azaroso “amor loco” que adoraban los surrealistas; como diría André Bretón: “buscar la belleza nueva, la belleza ‘considerada exclusivamente con fines pasionales’”. Porque con el sol esplendoroso se puede conseguir lo que el poeta argentino Enrique Molina llamaba un “nuevo amor eterno”. En cambio, con el frío se atisba, abajo de una frazada, lo único. Y es que el sentimiento de hibernación es perpetuo: nos convertimos en osos que buscan cuevas.No hay la lubricidad del estío, pero la humedad se vuelve más intensa y no hay amor sin este erótico factor. Uno puede pronunciar como Woody Allen: “El cerebro es mi segundo órgano favorito”. Se suele asociar lo frío, los cuarteles de invierno a la muerte. Y por consiguiente al desamor. Esto último es injusto, pero lo primero es extremamente verdadero. Como lo traduce Octavio Paz en “La llama doble”: “La muerte es la fuerza de gravedad del amor… El amor no vence a la muerte pero la integra en la vida… en la muerte cesan el tiempo y la separación: regresamos a la indistinción del principio, a ese estado que entrevemos en la cópula carnal. El amor es un regreso a la muerte, al lugar de reunión. La muerte es la madre universal”. Es por esto que al orgasmo se le llama “pequeña muerte”, orgasmo que en invierno tiene el sabor de una granadilla tras la cáscara, tras las sábanas. Nadie lo ha evocado mejor que Eduardo Galeano: “Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace”.El invierno es también la estación de los inseparables abrazos. ¿Además en qué estación el fuego es más necesario? Por atracción y necesidad de contrarios, la respuesta es evidente. La escritora española Rosa Montero llamó al escritor de novelas policiales Raymond Chandler y a su pareja Cissy: “los lobos en invierno”. Cuando Cissy murió, Chandler le escribió a su editor británico: “Durante treinta años, diez meses y dos días fue la luz de mi vida, mi única ambición. Todo lo demás que hice fue para alimentar el fuego en el que ella pudiera calentarse las manos. Es todo lo que puedo decir”. Montero reflexiona: “Bien, supongo que esto es el amor. El verdadero amor. ¿Y en qué consiste? En algo muy raro, muy indefinible, muy indecible… En esa música apenas oída en el borde del sonido. Desde luego no parece tener nada que ver con la tópica interpretación de la palabra amor: pasiones desatadas, sexo furioso”. En invierno, el fuego no oprime el ambiente total, es un acompañante más.Chandler y Cissy eran “como lobos que entrecruzan su aliento en el cubil y que se calientan mutuamente en la helada soledad de un largo invierno”…
EL ÁNIMO LIMEÑO
Alonso Cueto en su libro “Valses, rajes y cortejos” hablaba del invierno esencial de Lima, donde “Lima se parece más que nunca a sí misma”. Pero quizá el cuento que mejor expresa esa relación de nostalgia magra en Lima sea “la segunda juventud” de Luis Loayza. Allí el invernal enamorado se reencuentra con un gris tormento: “Mi amor fue limeño, mortecino y desesperado como la garúa, y creo que ella sentía por mí una pequeña pasión”. El final del relato es un perfil de la iniquidad limeña sin nubes, estrellas o rayos mágicos: “No me pidió que volviera y creo que no iré a verla antes de irme. He empezado a leer el libro que me traje: es de un viajero francés que estuvo en el Perú a mediados del siglo pasado y encontró que los limeños somos muy malas personas, dice que por culpa del clima”. En el invierno limeño hasta la perversidad es melancólica. |